“Después del discurso del rector, mientras se dirigían al engalanado comedor, Knecht se acercó al gran maestro para hacerle una consulta.
-El rector -dijo- nos ha hablado de lo que acontece fuera de Castalia, en las escuelas generales y en las universidades. Dijo que en éstas los alumnos se preparan para las “profesiones libres”. Si he comprendido bien, se trata en gran medida de profesiones que no conocemos aquí, en Castalia. ¿Cómo se entiende eso, por favor? Y ¿por qué los castalios precisamente estamos excluidos de ellas?
El Magister Musicae llevó aparte al muchacho y se detuvo debajo de uno de los enormes pinos de la plaza. Una sonrisa casi ladina le arrugó en finos pliegues la piel alrededor de los ojos cuando contestó:
-Te llamas Knecht [criado, sirviente], querido mío; tal vez por ello tiene para ti tanta fascinación la palabra ‘libre’… ¡Pero no tomes la cosa demasiado en serio en este caso! Cuando los de fuera de Castalia hablan de profesiones libres, se ponen demasiadamente serios para pronunciar el vocablo y éste suena con cierto patetismo. Nosotros, en cambio, lo usamos con intención irónica. Existe ciertamente libertad en esas profesiones, puesto que el estudiante elige la profesión a su albedrío. Esto confiere una apariencia de libertad, aunque en muchos casos la elección la haga más la familia que el muchacho, y más de un padre se dejaría tal vez arrancar la lengua antes de dejar realmente al hijo la libertad de elección. Pero ¡eliminemos este pretexto!, no sea que esté levantando alguna calumnia. La libertad se da, pues; mas queda limitada al acto único de elegir carrera. Después la libertad se ha acabado. Ya durante los estudios universitarios el futuro médico, jurisconsulto o técnico es obligado a acomodarse en unos cursos rígidos, muy rígidos, que concluyen con una serie de exámenes. Si superan esas pruebas, reciben su título o diploma y pueden entonces ejercer su profesión dentro de una libertad también aparente. Pero con ello se convierten en esclavos de poderes inferiores, se someten a la servidumbre del éxito, del dinero, de su ambición, de su afán de renombre, del agrado que consigan despertar o no en los hombres. Deben subordinarse a concursos y elecciones, ganar dinero; tomar parte en desconsideradas contiendas de casta, de familia, de partido, de periódicos. Tienen la libertad de convertirse en triunfadores o en ricos; de ser odiados por los que fracasan o viceversa. Con los alumnos de las escuelas selectivas y futuros miembros de la Orden sucede todo lo contrario. No “escogen” ninguna profesión. No consideran posible juzgar acerca de sus propios talentos con más acierto que los profesores. Se dejan colocar, con arreglo a una organización jerárquica, en el lugar y en la función que eligen para ellos los superiores; hay veces que las cosas marchan contrariamente a lo previsto, y entonces las cualidades, dotes o defectos del alumno obligan a sacarle de aquí e insertarlo allá donde su maestro lo considere más oportuno. Mas dentro de esta aparente falta de libertad, el electus disfruta, pasado el primer curso, de la libertad más amplia que pueda imaginarse. Si el profesional “libre” ha tenido que sujetarse, para la formación técnica en su especialidad, a unos estudios limitados y estrictos, con unos exámenes también rigidos, el electus, en cambio, apenas comienza a estudiar independientemente, goza de una libertad tan grande, que muchos dedican la vida entera, por propia elección, a los estudios más dispares, que no raras veces bordean lo extravagante, y nadie les molesta con tal que sus costumbres no degeneren. Aquel que tiene aptitudes para el magisterio recibe un destino de maestro; el apto para educar será educador; el idóneo para traductor, no será otra cosa; cada cual encuentra, a través de motivos que derivan de él mismo, el puesto en que podrá servir y ser libre sirviendo. De paso, queda sustraído durante toda su vida a esa “libertad” de las profesiones que significa tan tremenda esclavitud. No conoce el ansia de dinero, de gloria de ascensos; no conoce partidos ni incompatibilidades entre persona y cargo, ni entre el interés público y el particular; no se supedita al triunfo. Ya ves, hijo mío, que cuando se habla de profesiones “libres”, el término “libre” adquiere cierto matiz de sorna…”
(El juego de los abalorios. Traducción de Mariano Luque. Madrid: Alianza, 2008)
